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Kopernikus y un nuevo ritual dentro del festival Nueva Ópera

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Escrito por Bruno, Lucila
Fecha de publicación: 29/08/2018

“La madriguera del conejo era como un túnel muy largo que, de repente caía en vertical… Tan de repente, que Alicia no tuvo ni tiempo de pensar en frenar su caída, y así , la niña se precipitó por lo que parecían ser las paredes de un pozo muy profundo…”

Alicia en el País de las maravillas. Lewis Carroll

 

Estamos recostados y sobre nosotros el cielo con miles de estrellas que nos propone el Planetario de la Ciudad de Buenos Aires. El Festival Nueva Ópera de Buenos Aires eligió un escenario atípico para una ópera, y no es algo casual. Al sentarse allí es imposible no volver a la infancia: a las visitas escolares donde nos mostraron ese universo por primera vez. Ante esta anti ópera de Claude Vivier somos un  anti espectador. Nos corremos del estereotipo de espectador formal para volver a ser niños. Pero esta vez ocupamos el lugar Agni, una niña en su ritual de muerte.

Acompañados de diferentes personajes nos adentramos a un mundo maravilloso tal como fuera el de Alicia en el país de las maravillas, por ello encontramos por demás ocurrente que  el primer personaje en interpelarnos sea Lewis Carroll. A través de un excelente trabajo vocal los cantantes interpretan no sólo a sus personajes sino que exploran diferentes sonoridades por fuera de lo estrictamente melódico.  No podemos enmarcar a Kopernikus en un estilo determinado, ya que juega a recopilar texturas de diferentes momentos para alimentar este recorrido hacia la eternidad. Reconocemos desde modelos de motetes hasta armonías corales disonantes. Cada encuentro con los personajes tiene un color musical diferente. Desde la invitación al recorrido de Merlin, hasta la propuesta de estar en una dimensión en la que el amor es la única regla  que nos nombran Tristan e Isolda.

 

Lo que se destaca en esta puesta es la aparición de un nuevo personaje: la cúpula del planetario. La misma no es una mera proyección: no sólo refuerza y acompaña el relato musical, sino que marca los cambios de acto respetando exactamente la rítmica y reforzando la forma. Es excelente el trabajo del director para coordinar a los músicos, los cantantes y dichas proyecciones.

 

Las preguntas emergen en el recorrido dulce hacia la muerte, casi como si fuera un juego. No es un recorrido mórbido ni tenebroso, es un juego de ensoñación. Se nos presenta la muerte como un sueño. ¿Será entonces este cambio de perspectiva el giro copernicano propuesto por Vivier? Recostados en el bosque, escuchamos datos biográficos de diferentes filósofos en una recitación exacta que nos llevan hacia el final. Allí se hizo inminente  preguntarnos si así sonará nuestra muerte,cuáles serán nuestros recuerdos sonoros, y qué personajes vendrán a nuestro encuentro. Adorno estaría conforme con esta obra que dulcemente nos saca de la alienación. De todas maneras son preguntas que no dejan de ser inquietantes, quizás por ello algunos espectadores prefieren salir de la sala y no continuar el recorrido ante el vértigo de encontrar sus respuestas.

 

Libreto y música: Claude Vivier /dirección musical: Sebastián Zubieta /puesta visual y proyecciones: Sergio Policicchio
Elenco: Katharine Dain (coloratura),  Amy Goldin (soprano), Hai-Ting Chinn (mezzo-soprano), Kirsten Sollek (contralto), Christopher Herbert (barítono), Joseph Beutel (barítono), Steven Hrycelak (bajo).Violín: Daniel Robuschi
trompeta: Julián Goldstein /trombón: Damián Stepaniuk /oboe: Michelle Wong /clarinete 1: Federico Landaburu/
clarinete 2: Uriel Kauffman/clarinete 3: Alejandro Cancelos
sobretitulado: Fara Korsunsky
Planetario Galileo Galilei Caba / 2, 3 y 4 de agosto de 2018

¿Por qué Escritos Musicológicos Tempranos?

"Muchas de las cosas que escribí en mi juventud tienen el carácter de una anticipación onírica, y sólo a partir de cierto momento de conmoción, que podría haber coincidido con el comienzo del Tercer Reich, me convencí de que hice bien en hacer lo que hice. Como la mayoría de los llamados niños prodigio, yo soy un hombre que ha madurado muy tarde, y aún hoy tengo el sentimiento de que aquello para lo que realmente estoy aquí todavía está por hacerse."

(Carta de Theodor Ludwig Wiesengrund Adorno dirigida a Ernst Bloch en 1962; Prólogo a Escritos Filosóficos Tempranos, Ediciones Akal, 2010)