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Carta decididamente abierta a un heredero

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Escrito por Solare, Juan María

Estos manuscritos de mi tío abuelo ¿tienen algún valor?” me preguntó hace un par de años el sobrino nieto de un ilustre compositor argentino (concretamente Pedro Sáenz, no tengo por qué ocultarlo, pero el nombre es aquí anecdótico: podría ser cualquiera).

Es el escenario previsible: un compositor, durante su vida, genera un círculo de intérpretes fieles con los cuales interactúa y quienes tocan sus obras. Algunas de sus partituras, no todas y acaso ni siquiera las mejores, se publican; otras quedan en manuscrito, y tal vez en un único ejemplar. Aquel compositor se esforzó, tuvo cierto éxito, sus obras tienen calidad, son apreciadas y se ejecutan aperiódicamente: el compositor está establecido, es reconocido, pero no es mainstream. Y tarde o temprano le toca el turno de abandonar este mundo. Pero los herederos tienen sus propios problemas que resolver y no pueden dedicarle tiempo, energías y conocimientos a continuar la carrera de su pariente, y mucho menos si sus actividades profesionales no se relacionan con la música. Este escenario, esta situación dramática, es en el que se encuentra la obra de una enorme cantidad de compositores de toda América Latina. Por diferentes causas socioculturales aún no hemos logrado no ya hacerles justicia (pues no se trata meramente de honrar su memoria), sino aprovechar ese caudal de creatividad de nuestros países.

Entre las respuestas que le dí al sobrino nieto, creo, hay alguna que puede orientar al heredero de un compositor. Las adapto aquí con el objeto de generalizarlas. He omitido o reemplazado algunos nombres, no para proteger a sus portadores, sino porque el acento debe ponerse en la función que realizan. Los nombres pueden cambiar. Sin embargo mantengo las menciones a obras de Pedro Sáenz para mantenerme dentro de un caso concreto y un contexto coherente. Le resultará fácil al lector generalizar este relato o hallar paralelismos con historias similares, eventualmente en otros países.

Estimado Heredero: me preguntás acerca del valor de las partituras adjuntas. Ante todo debo decirte que no es un valor comercial. Es decir, no vas a hacer dinero con estas cosas, así como él tampoco lo hizo en cantidades. Tienen un interés ante todo musicológico porque son obras de juventud (la “Danza antigua” está fechada en 1934, es decir, a los 19 años de edad). En su catálogo oficial estas obras ni siquiera se mencionan en detalle, porque habían sido olvidadas o se consideraban perdidas. El catálogo1 las describe globalmente así:

“Numerosas piezas en estilo clásico y barroco escritas entre los ocho y quince años. Algunas de ellas se conservan en manuscrito en la casa familiar de la Argentina.”

Imagino además que estas obras jamás fueron grabadas, tocadas en público ni impresas, y tal vez tampoco fotocopiadas. Desde ese punto de vista, esta partitura es un hallazgo musicológico importante (además, curiosamente, su letra, su caligrafía, es idéntica a la que tenía a los 70 años).

Como paso fundamental, lo importante es que tales partituras no se pierdan. Luego, intentar que se toquen, publiquen y graben. Insisto en que todo esto no va a llenarte de dinero, sino más bien lo contrario: es posible que tengas que invertirlo. Quien quiere hacer dinero no se dedica a la música, sino a la Bolsa. Te digo esto porque mucha gente conoce –de oído– las historias sobre Astor Piazzolla o lee en los diarios a cuánto se venden los cuadros de Van Gogh o los manuscritos de Mozart, y puede creer que sus herederos se llenaron de oro. Nada más lejos de la verdad, o mejor dicho, es cierto en el uno por diez mil de los casos. Y lamentablemente no creo que sea el de Pedro, por una cuestión elemental: el dinero, como compositor, te llega cuando tus obras se tocan a diario durante años, o se pasan por televisión generando regalías (royalties), etc. etc. Lograr esto es tarea de toda una vida. Piazzolla logró un éxito incontestable recién al final, y en gran medida porque él mismo tocaba su obra y así la difundía. De hecho, muchas de las composiciones publicadas de Pedro Sáenz, sobre todo las primeras, fueron impresas como “edición del autor”, es decir, la financió (en lenguaje crudo: la pagó) de su propio bolsillo. Esta es la realidad, todo el mundo lo hace y no es ninguna vergüenza.

Mi primer consejo, te decía, es que las partituras estén a salvo, a resguardo. Ante todo que no se pierdan. Una idea inicial es que las digitalices (escanees) con alta calidad (no menos de 300 dpi, idealmente 600 dpi). Una segunda etapa es la clasificación musicológica, que es cuando las composiciones comienzan a entrar en la conciencia del mundo musical, es decir, cuando los demás músicos saben que tales obras existen. En Argentina conozco tres o cuatro instituciones que pueden ayudar: la Universidad Católica (de cuyo departamento de música Pedro fue profesor y luego director, como sabrás), el Instituto Nacional de Musicología y la sociedad Argentmúsica. La Universidad de Cuyo puede ser una dirección razonable, además, porque la casa familiar de Pedro Sáenz está en Mendoza (y allí, en Godoy Cruz, están sus cenizas). La Universidad de Cuyo es adicionalmente atractiva porque existe allí una maestría en interpretación de música latinoamericana del siglo XX; es decir, no hay que convencer a nadie de nada: su misión es hacer precisamente lo que estás buscando que se haga. En todas estas instituciones conozco personalmente a sus interlocutores. Pero puede haber otras. Este es únicamente un punto de partida: debiera hacerse una investigación a fondo para averiguar qué otras instituciones pueden, con seriedad, resguardar y documentar esta música “en peligro de extinción”.

En el extranjero existe además –por ejemplo– el Latin American Music Center en Estados Unidos (Bloomington, Indiana); la hija del compositor Horacio López de la Rosa donó allí sus partituras porque ella no podía hacerse cargo. Puedo contactarte con ella si querés para que te comparta su experiencia: por qué lo hizo, cómo, y si le resultó como planeaba. Una idea (y es sólo eso: una idea) es donar las partituras a quienes consideres que se puedan realmente hacer cargo de estas tareas básicas: custodiar y promover. Una alternativa es entregar copias (no los manuscritos originales) a los institutos mencionados (u otros), previo contacto.

Tercera etapa, o tercer aspecto: publicar. Si es una edición musicológica (no comercial) hay que hacerla en cooperación con alguna de aquellas instituciones mencionadas u otra. Una idea en esta dirección es persuadir a un profesor universitario de alguna de las carreras de Musicología que hay en el país para que alguno de sus estudiantes base su tesis doctoral en el estudio, clasificación y eventualmente edición de sus partituras (aunque sea una edición digital, en PDF). Creo que es una solución eficiente en términos de relación esfuerzo vs. resultado. Plantear una edición comercial es prácticamente irreal. Podés probar en la editorial Melos (antes llamada Ricordi) pero… bienvenido al mundo de la lucha musical. Yo (y muchos otros compositores) estamos luchando a diario para que nos publiquen (o ejecuten) obras. Es una tarea de tiempo completo.

Y es que componer música es un arte, pero ganar dinero mediante la composición es un negocio. Y hay que comprender las normas (no escritas) del negocio musical. Si alguien se dedica a invertir en la Bolsa sin el mínimo conocimiento, puede perder mucho dinero; y si alguien se dedica al negocio musical sin los conocimientos específicos, va a perder mucho tiempo, y tal vez el ímpetu.

Lo que yo mismo hago como compositor, y lo que le recomendaría a Pedro (y creo que aceptaría de inmediato), y lo que por esa causa te recomiendo a vos –o a ustedes– es hacer una edición digital. Es decir, tener las partituras disponibles como PDF, ya sea escaneada o pasada en limpio (con algún programa de edición de partituras como Finale, Sibelius o MuseScore). Y luego ofrecerlas online públicamente a quien quiera tocarlas, analizarlas, estudiarlas. Se puede poner un precio o pedir una donación. Yo en parte sigo esta estrategia, y me he llevado gratas sorpresas cuando se toca mi obra en Australia, Medio Oriente, Grecia o lugares inesperados debido a que los ejecutantes pueden tener acceso a mi partitura sin conocerme personalmente y sin que medie una editorial comercial con un complejo mecanismo de distribución internacional. Esto hoy es técnicamente posible; en la época de Pedro no.

Por supuesto, podés intentar vender las partituras, pero tenés que aceptar algo: vas a estar horas y horas con el tema, tendrás que meterte en asuntos de impuestos (como siempre que uno vende lo que sea), saber qué hacer si algo falla, …y al final vas a ganar dos mangos. Una solución intermedia es ponerle un precio a la partitura (por aquello que “lo que no cuesta no vale”), pero si luego un intérprete determinado quiere realmente tocarla, se le regala el ejemplar digital. Cuando yo he hecho esto, en ocasiones (cierto que no siempre) he recibido via paypal generosas donaciones que compensan con creces el alivio de no tener que ocuparme de hacer facturas.

Cuarto aspecto: ejecuciones. Para que la obra se toque o grabe tenés que estar en contacto con intérpretes. Este paso es ineludible: generar un pool de músicos que crean sinceramente en la calidad de la música de tu pariente. Yo mismo toco de vez en cuando cosas de Pedro, y puedo enviarte programas de las veces que lo he tocado. Teóricamente les tienen que haber llegado unos centavos por estas ejecuciones, via SADAIC (la sociedad defensora y recaudadora de los derechos de autor en Argentina). A veces cobrar las regalías es más costoso (en dinero o esfuerzo) que lo que finalmente cobrás. Sólo se justifica si permanentemente se tocan las obras, como te mencionaba antes. Así hacía Carlos Guastavino (otro compositor argentino, y gran amigo de Pedro Sáenz), pero porque él estaba constantemente detrás del asunto.

Pedro Sáenz nació en 1915, es decir que en 2015 es el centenario. Es una oportunidad de oro para promover su música, acaso con apoyo estatal o privado institucional. Promover significaría, entonces: hacer una edición (digital o en papel) de sus obras inéditas, organizar un seminario musicológico dedicado a su música (conozco un par de musicólogos y periodistas que podrían apoyar el proyecto [nombres omitidos]) y/o lograr un incremento en la ejecución de estas obras.

Tras enviar mi mensaje (enero de 2012), no recibí más noticias de este Heredero. Las doctrinas orientales, y muchas occidentales, nos enseñan a no esperar lo peor, sino imaginar lo mejor. Yo sin embargo no puedo controlar mi temor irracional a que las partituras de mi amigo hayan sido destruidas o tiradas a la basura, porque están ocupando espacio y total, si no las puedo hacer guita… Pero no hay razón para ser pesimista, ¿verdad?

Bremen, Alemania, 8 de diciembre de 2014

Referencias

1. No carece aquí de relevancia saber que el catálogo de las obras de Pedro Sáenz fue redactado por mí mismo, en base a las minuciosas anotaciones que hizo mi madre (Beatriz Entenza). Conocí a Sáenz en 1981 y estuve muy en contacto con él en su última década, en Madrid. Pedro Sáenz me dedicó su última obra para piano, "Para la mano derecha", que he tocado varias veces y que permanece inédita. Yo escribí el artículo sobre él en el diccionario musical británico Grove. Además realicé una clasificación somera de sus estilos musicales, en base a entrevistas y conversaciones (grabadas) con el compositor. Si menciono estos detalles no es para alardear sino para dimensionar la solidez de mis afirmaciones sobre este tema.

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¿Por qué Escritos Musicológicos Tempranos?

"Muchas de las cosas que escribí en mi juventud tienen el carácter de una anticipación onírica, y sólo a partir de cierto momento de conmoción, que podría haber coincidido con el comienzo del Tercer Reich, me convencí de que hice bien en hacer lo que hice. Como la mayoría de los llamados niños prodigio, yo soy un hombre que ha madurado muy tarde, y aún hoy tengo el sentimiento de que aquello para lo que realmente estoy aquí todavía está por hacerse."

(Carta de Theodor Ludwig Wiesengrund Adorno dirigida a Ernst Bloch en 1962; Prólogo a Escritos Filosóficos Tempranos, Ediciones Akal, 2010)